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Por Julián Varsavsky
Por Julián Varsavsky
FAUNA MUY
CONFIADA Salimos a
navegar en lancha y a los 15 minutos aparece una maraña de camalotes y
fragmentos de tierra flotante. El guía apaga el motor y avanzamos al impulso de
una caña tacuara en sumo silencio. Lo primero que llama la atención es la
mansedumbre de la fauna, muy segura de que esa bestia erguida que llega en
lanchita es –en los hechos y en este lugar– inofensiva. Atracamos en la costa y
una pareja de carpinchos a dos metros de la proa no se da por enterada: siguen
royendo y royendo. Si estirara bien el brazo los podría tocar pero está
prohibido. El nivel de proximidad es el de un documental pero sin
mediación.
La idea es
caminar sobre los embalsados flotantes pero el guía no consigue un buen lugar.
Entonces seguimos por un estrecho canal y aparecen los primeros yacarés. Nos
acercamos con sigilo de ofidio a uno de casi dos metros, para ver sus claras
pupilas verdes con iris negro en forma de raya vertical, y su desconcertante
parpadeo lateral. Está semisumergido como un asesino al acecho junto a la
lancha, con sus traicioneros ojos atentos sobre la superficie del agua. Dan
ganas de acercarle el lente angular de la cámara para hacer la mejor foto
imaginable, pero nadie se atreve a desafiar los reflejos del reptil. De repente
sale y se posa con las fauces abiertas en la orilla, asoleándose con la rigidez
de una estatua. Y lanza un soplido de dragón que eriza de escozor a todos a
bordo de la lancha. Alguien pide partir.
Al rato aparece
un ciervo de los pantanos, una especie que parece conocernos mejor: no permite
que nos acerquemos a menos de 20 metros. Tiene una cornamenta enramada y se
queda mirándonos fijo, petrificado y en pose de tensión. No se decide a partir
pero deja su actividad pastoril para controlarnos. De un salto desaparece en el
juncal.


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