RELATOS DE VIDA DE LOS ABORÍGENES

LOS ABORÍGENES


¡Un día muy, muy complicado!

Hace muchos años, cuando el actual territorio argentino estaba habitado solo por indígenas, allí donde el río Bermejo une sus aguas con las del Paraná, un grupo de tobas tenía... un día muy, muy complicado.
Volvían los hombres del río, redes al hombro, bolsas vacías. Mapik, el cacique, iba al frente, como cuando salían de caza. De tanto en tanto, entre el follaje del bosque, el sol dejaba ver sus rostros tristes, preocupados. No era para menos... la bajante se había adelantado y, después de una larga noche de mucho trabajo, volvían así al campamento, sin pesca, con las manos vacías.
La llegada al caserío empeoró los ánimos. Chozas destruidas, mujeres y niños llorando, ancianos con las caras largas hasta el piso. Entre sollozos, Soinidi contó a Mapik que un grupo de abipones, aprovechando que las mujeres estaban juntando frutos en el bosque, había hecho todos esos destrozos. ¡Para peor se habían llevado las vainas de algarrobo! La furia tiñó de rojo la cara de los hombres. Mapik miró el cielo como queriendo saber por qué K’ata estaba tan enojado con ellos. ¡Pero no había tiempo que perder: los abipones no estarían muy lejos!
Mapik entendió la decisión de sus hombres. Miró a las mujeres y les pidió que fueran preparando la mudanza. Ahí no habría pesca por un buen tiempo y debían irse a otro lado, donde hubiera tapires, ñandúes y pecaríes para cazar.
Sonaban ya las trompetas y los silbatos de guerra. Las lanzas cortaban con sus filosas puntas de caña el aire del Chaco y los hombres –olvidados de la tristeza y el cansancio–, con los torsos desnudos o protegidos con sacos de yaguareté, se perdieron nuevamente en el bosque.



La caza

Había varios métodos de caza. Algunos salían solos, se camuflaban con ramas y pasto y, arco y flecha en mano y hechos una parva andante, se acercaban con disimulo a sus víctimas hasta tenerlas a tiro. Otros preferían poner trampas que soltaban pesados troncos sobre los animales o los encerraban en cajas de madera si eran bichos chicos. [...] Con los pecaríes –que andan en grandes piaras o tropillas– ayudaban los perros, que los corrían y molestaban hasta que algunos machos se apartaban para atacarlos,
momento en que los hombres les revoleaban sus garrotes y los dejaban secos. Cazar yaguaretés era más peliagudo. Las flechas no servían porque las atajaban a zarpazos, así que se los acorralaba con perros y entonces se los fastidiaba tirándoles palos hasta que, enfurecidos, saltaban para atacar y allí eran atajados en la punta de una lanza bien afirmada contra el suelo [...].
Animales del agua como carpinchos y yacarés se arponeaban desde la orilla; las nutrias eran corridas con perros y garroteadas y flechadas.

Miguel A. Palermo, “Los jinetes del Chaco”, en: La otra historia, N° 11,
Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1998, págs. 12-13

La pesca

Los guaykurúes preferían los nutritivos sábalos, pero también aprovechaban surubíes, pacúes, dorados, tarariras, mojarras y pirañas. La pesca se llevaba a cabo en la época de crecida de los ríos con arcos y flechas y también con redes “tijera”.
“Uno pesca con la red tijera, uno tiene que pescar así de noche y con el favor de la luna [...] De noche la luna lo ayuda a uno [...] uno ve el pescado bien patente como lo ve en el día [...] cuando empieza el pescado a repechar contra la correntada y cuando hay mucho pescado se lo ve que trae mucha ola, entonces uno pilla enseguida una cosa de setenta, ochenta, hasta que uno pilla doscientos, trescientos pescados [...].”

Testimonio de Raúl Santiago, comunidad de La Puntana, Salta, octubre de 1975, en:
Carlos Martínez Sarasola, Nuestros paisanos los indios, Buenos Aires, Emecé, 1992, pág. 454


La pesca con arco y flecha exige más cancha, para descubrir por pequeños movimientos del agua dónde pasa un pez (son ríos barrosos que no dejan ver) y después para pegarles el flechazo. El pescado ensartado se junta con un arpón.
Miguel A. Palermo, op. cit., pág. 14

A recolectar

El monte ofrecía una variedad de cosas buenas para comer: los frutos del chañar y del mistol, higos de tuna, palmitos de palma caranday, raíces diversas, etc. Pero lo más importante fueron siempre las vainas de algarrobo, que se pueden comer directamente, guardarse secas, hacerse harina o convertirse en aloja, una bebida fermentada, fuerte como cerveza.
La época de recolección de algarroba juntaba mucha gente y daba lugar a una larga fiesta celebrando la abundancia: en grandes bateas de madera o cuero preparaban litros y litros de aloja para los hombres y se armaban bailes que duraban días y noches enteras, como se hizo hasta el siglo XX.
Otra planta muy buscada era el caraguatá o chaguar, de cuyas hojas sacaban fibras muy resistentes con las que hacían sogas e hilos y con éstos tejían redes, taparrabos, camisetas y especialmente las yikas o bolsas que se siguen usando, ahora incluso en las ciudades.

Miguel A. Palermo, op. cit., págs. 14-15

Trabajos de mujeres y de hombres

Las mujeres cocinaban, cuidaban los chicos y también tejían. Hacían redes para la pesca, taparrabos, camisetas, bolsas.
La recolección era trabajo de mujeres, que para esto salían con grandes bolsas y unos palos de metro y metro y medio de largo, con una punta achatada, que les servían tanto para escarbar buscando raíces como para bajar frutas de las ramas altas.
Pero había otra recolección muy importante, hecha por hombres: la de la miel, pues aprovechaban por lo menos quince especies de avispas meleras.
Algunas tienen colmenas colgantes, así que era cosa de hacer humo para ahuyentarlas y hacerlas inofensivas y después bajar los nidos. Otras avispas hacen sus colmenas en huecos de los árboles, de modo que el que los buscaba debía trepar y agrandar el agujero con un hacha para meter la mano y sacar los panales.
Miguel A. Palermo, op. cit., pág. 15



Los desplazamientos

Cada tanto, los guaykurúes tenían que levantar sus casas, unas chozas ovaladas y bajas de rama y paja, muy fáciles de armar y desarmar. Ello sucedía cuando empezaban a faltar los alimentos. Entonces, las mujeres desarmaban las chozas y metían los cueros para dormir, las hamacas de sus bebés, las ollas, los platos, las cucharas, los cuchillos y si era necesario los chicos y los perritos en grandes alforjas de cuero de pecarí.
Cuando todo estaba listo, se ponían en marcha hacia lugares donde hubiera caza o pesca y buenos frutos para recolectar. Los hombres iban delante, las armas en mano, listos para asestar un flechazo a un animal o para responder algún ataque enemigo.

Mabel Scaltritti, adaptación a partir de diversas fuentes




La guerra

Para estos pueblos, la máxima aspiración de un varón era ser reconocido como guerrero valiente y por eso la guerra daba la posibilidad de adquirir gloria y prestigio. Claro que la guerra se hacía en defensa de los lugares de caza o pesca invadidos o de los algarrobales saqueados, y por venganzas de ataques sufridos, robos de mujeres y muertes, tanto por asesinatos como por brujerías atribuidas a otra gente.
Las posibilidades que daba la guerra, por el lucimiento de los guerreros decididos y por las riquezas que podían conseguirse así, llevaron a que en algunos grupos se armaran diferencias sociales. Entre abipones y mocovíes, [...], los guerreros más famosos [...] y sus familias eran una especie de
aristocracia, que hablaba diferente [...] y se vestía con más riqueza, usaba más tatuajes y no se trataba demasiado con los otros. [...]
El caso era distinto (entre tobas o pilagaes), donde no había tales diferencias; algunos caciques famosos tenían muchísimo prestigio [...]. pero en general había mayor igualdad entre todos. Incluso los cautivos de guerra, con el tiempo, podían pasar a no diferenciarse de cualquiera del grupo, cosa que no pasaba nunca entre mocovíes y abipones, donde aunque se los tratara con respeto, nadie se rebajaría a casarse con ellos [...].
Para el frío, pero especialmente para las ceremonias y la guerra, los hombres tenían camisetas sin mangas de cháguar tejido muy apretadamente. Y también para la guerra y ocasiones especiales los guerreros se ponían coletos o sacos con o sin mangas, de piel de yaguareté. Estos eran para ellos muy valiosos, no solo por ser lindísimos y proteger como coraza, sino porque pensaban que les transmitían mágicamente la valentía del “tigre”.

Miguel A. Palermo, op. cit., págs. 16, 30-31, 50

Los chicos

Al nacer un chico, si era hijo de cacique se armaba gran alboroto. Entre los abipones había una semana de baile, canto y festejo. Los mocovíes no se quedaban atrás: una comitiva de mujeres regalaba al recién nacido arcos, flechas y lanzas en miniatura, mantos y otras cosas.
Después el chiquito pasaba una noche con otro bebé que, cuando fueran hombres, sería su “hermano de armas”, compañero inseparable en la guerra. La fiesta terminaba en ocho días con el primer corte de pelo, que hacía “frentón”* al chico, y la perforación del labio para meter el “tembetá”,**
que usaban los hombres, y de las orejas para los aros.
Abipones, tobas, pilagaes y mocovíes tenían gran amor por sus hijos. Los bebés se la pasaban a upa, y los grandes aguantaban con paciencia noches enteras en vela cuando lloraban.
Y muy pronto nadaban casi como peces, porque las madres se metían con los bebés en el río y, sujetándolos contra el pecho con un brazo, nadaban con el otro. Así es como a veces un nene o una nena nadaban bien antes de caminar decentemente.
Apenas los varoncitos caminaban, les regalaban un arquito y una flechita y les empezaban a enseñar a tirar, sosteniéndoles las manos. Ya no largaban el arco y se la pasaban flechando árboles, pajaritos y bichos [...].
A las nenitas, en cambio, les daban un cantarito y comenzaban desde chicas a imitar a las mujeres llevando agua del río. [...] ¿Juegos? Varios. Hasta el siglo XX los chicos tobas jugaron al “yaguareté y los perros” (uno hace de “tigre” perseguido por los “perros”; puede darles “zarpazos” y si se sube a un
árbol no lo pueden agarrar), al “yaguareté y los caranchos” [...] o a la “víbora” [...]. Las nenas, además de rondas con canciones tenían sus muñequitas de arcilla o hueso y jugaban haciendo pueblitos en miniatura [...].
Miguel A. Palermo, op. cit., págs. 42-43

Notas:
* Frentón: los tobas se llaman a sí mismos komlek. Tobas fue un nombre que le pusieron los guaraníes y que quiere decir “frentón” porque se rapaban la frente. Otros pueblos guaykurúes también recibían la misma denominación porque compartían la moda de raparse.
** Tembetá: estos pueblos acostumbraban adornarse mucho. Se hacían tatuajes, usaban collares, pulseras. Además, los hombres usaban el tembetá, una varita de madera, de hueso, de metal o bien plumas de ñandú, con la que se atravesaban la cara, en el labio superior o entre el labio y el mentón.

Hace muchísimos años, en un caserío toba, alrededor del fuego y entre las sombras de la noche, un viejo contaba a unos cuantos jóvenes esta historia.

La serpiente arco iris, agradecida

Un día, un toba salió a cazar. No había andado mucho cuando se encontró con una serpiente gigantesca [...]. Era Koomonaló, la serpiente arco iris.
La serpiente habló y le dijo:
–Necesito ir a las orillas del Talá [el río Bermejo]; ¿no me llevarías?
–No puedo, eres enorme y no tengo la suficiente fuerza –respondió el cazador.
–Si accedes a llevarme, yo me haré tan liviana que no sentirás mi peso.
Además, te diré un secreto para obtener toda la caza que quieras, ya sean peces, aves o animales terrestres.
Al toba le gustó el trato y se puso la serpiente al hombro. Para su sorpresa, comprobó que era, efectivamente, muy liviana. Estuvo andando un largo trecho, hasta que por fin llegaron al río. Una vez allí, Koomonaló le dijo:
–Cuando quieras obtener caza, simplemente imita el sonido de los animales que desees, y estos vendrán mansamente hacia ti.
Luego la serpiente se sumergió en las profundidades acuáticas, y el hombre regresó feliz a su casa. Desde entonces, bastaba con llamar a los animales para que estos vinieran y los tobas pudieran alimentarse de ellos.
Pero el nuevo trato no le gustó a Ta’anki, el Carancho, porque veía que, como cazar se hacía tan fácil, la gente mataba más de lo que necesitaba.
–Eso está mal; los Dueños de los Animales se van a enojar y una catástrofe caerá sobre nosotros. A partir de ahora –dijo, al tiempo que levantaba sus manos al Cielo–, los animales tendrán temor del hombre.
Y así fue como dejó de ser fácil conseguir la caza. Pero Ta’anki, pese a todo, no era un jefe malo, y les enseñó a los hombres cómo cazar los animales con [...] arcos y flechas, trampas, redes y demás herramientas de caza, siempre y cuando fuera para su subsistencia y no solo por el placer de cazar.

Nahuel Sugobono, Leyendas, mitos, cuentos y otros relatos tobas,
Buenos Aires, Longseller, 2003, págs. 46-47



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